martes, 17 de marzo de 2020

Yo Me Quedo En Casa: Día 3

Madrid, 17 de Marzo de 2020

En algún momento impreciso de la historia, las autopistas impusieron su dictadura eclipsando a cualquier otro tipo de camino. Surgió así el concepto de “carretera secundaria” y la meta sustituyó a la ruta, el selfie al instante, el valor del tiempo al de la aventura, el área de servicio al recodo del camino, el turista al viajero.

El virus se fue extendiendo como una “enfermedad más” asociada a las sociedades desarrolladas y, como la obesidad, el colesterol, el sedentarismo o la depresión, llegó a nuestros hogares. Los pasillos, las ventanas, los balcones acabaron convirtiéndose silenciosamente en esas carreteras secundarias a las que ya nunca nos asomábamos y comenzaron, incluso, a desaparecer de los edificios modernos.




Un  buen día, un bicho microscópico nos recluye en casa. Y una tarde, después de salir a la terraza a ovacionar a nuestra sanidad pública, te sientas en el sofá y una fragancia que no conocías o en la que nunca te habías fijado, te llama la atención. Giras la cabeza hacia tu izquierda y allí está ella. ¿Desde cuándo usa ese perfume? ¿y ese flequillo? ¿Será nuevo ese vestido? Y un cierto rubor te enciende el rostro. Entonces, apagas la tele, abres una buena botella de vino, rescatas aquel viejo vinilo que hace tanto que no escuchas, enciendes una vela y regresas al sofá con dos copas. Te vuelves a sentar a su lado y dices: “Hola”.




lunes, 16 de marzo de 2020

Yo Me Quedo En Casa: Día 2

Nos dedicamos a construir edificios cada vez más altos y alejados de la calle. Los domotizamos dotándolos de sistemas de ventilación que, en la práctica, consisten en una completa desconexión con el entorno. Condenamos al basurero de la historia a los balcones forrándolos de espejos impecables que repelen las miradas exteriores y multiplican el ego de sus arquitectos y propietarios.

Los móviles y las pantallas de televisión sustituyen a las ventanas conectándonos con Nueva York o Londres a cambio de negarnos nuestro mundo más inmediato.



Pero de pronto un día, un virus que no es informático se cuela en nuestras vidas y nuestra sociedad hiperconectada tiembla. Entonces, nos recluimos en casa y redescubrimos las ventanas. Y jugamos a través de ellas al bingo con vecinos a los que, hasta ahora, no les poníamos cara. Y cada tarde, a las 8 en punto, niños, padres y abuelos volvemos a poblar  los balcones de nuestra infancia para ovacionar emocionados a nuestra sanidad pública y luego pinchamos a todo volumen “Resistiré”.  Y la ciudad entera se funde en un solo abrazo solidario. La ciudad entera salvo esos barrios nuevos hechos de edificios de cristal porque el precio de hacerlos más alto fue amputarles los brazos.  







sábado, 14 de marzo de 2020

Yo Me Quedo En Casa: Cola Virus

Madrid, Viernes 13 de Marzo de 2020

Madrid 10 am. Una ciudad excepcional en estado de excepción sacada a golpe de virus de su rutina de viernes prematuramente primaveral. Desde mi ventana, los balcones de enfrente gratamente recuperados para la vida familiar. En el segundo, tres niñas sin cole juegan a disfrazarse de mujeres adultas y se tiran selfies con tacones y gafas de sol.  En el tercero, dos enamorados se besan con cierta temeridad. En el quinto, un señor de mediana edad fuma y pinta sobre un cabellete.





Pongo a calentar agua para el mate con la radio de fondo. Me vuelvo a asomar a la ventana. Las niñas ahora han sacado un viejo colchón de muelles al balcón y saltan furtivamente sobre él.







Bajo a la calle. La gente se evita torpemente. Las miradas resbalan por los cuerpos en una actitud más neoyorquina que castiza.

En la administración de lotería pido un boli para echar el Euromillón y desde detrás del cristal me acusan implícitamente de suicida. En la farmacia, parapetada tras una improvisada mampara, la boticaria repite por enésima vez que el jabón de mano hace días que está agotado.

Me sorprende el súper, abarrotado un día de diario a las 11 de la mañana. Mucha gente mayor. Los carros traídos de casa se amontonan desordenadamente a la entrada dificultando la llegada hasta los lockers. Algunas estanterías están completamente vacías. En uno de los pasillos dos señoras se pelean por el último paquete de macarrones. La gente apenas habla entre ella. Todos somos sospechosos, potencialmente culpables hasta que se demuestre lo contrario. Hay una indisimulada incomodidad ante la presencia del otro, una extemporánea prisa entre los jubilados.






Largas colas en las líneas de cajas. Dudo entre dos de ellas. Las observo, las estudio por unos segundos antes de decidirme por la de la derecha para comprobar, al llegar mi turno, la incurable, endémica e irremediable tendencia a prueba de vacunas que tengo a elegir siempre la más lenta.
 

sábado, 19 de octubre de 2019

Alicia Alonso


Sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana. Paseo del Prado (José Martí)

Noviembre de 2008


Andaba ya más cerca de los 90 que de los 80. El cutis blanco, casi transparente, perfectamente hidratado. Etérea. Vaporosa. Pañuelo en la cabeza disimulando un cabello presumiblemente escaso.

Se cumplían 65 años del estreno de Giselle y ahí estaba su partenaire ruso de aquel entonces y las estrellas mundiales de la danza actual venidas de Londres y Nueva York para homenajearla.


No diría que subió al escenario porque el escenario parecía ir atado a sus pies desde que cruzó la puerta del teatro. Cosas de divas. Luego, casi ciega, guiada por el instinto, como en una coreografía mil veces ensayada, sobrevoló el patio de butacas con la delicadeza de una medusa en un mar en calma. Sus brazos, largos tentáculos envenenados de arte. Y al llegar a su palco en medio de la emocionante ovación de su público, tuve la excitante certeza de que hay mujeres que saben volar. Alicia Alonso. D.E.P.

Esta foto - de mala calidad -  la tomé en La Sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana en aquel homenaje