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jueves, 19 de marzo de 2020

Yo Me Quedo En Casa: Día 5

Madrid, 18 de Marzo de 2020


La gente se cruza como planetas en órbitas paralelas y hace cola frente a las farmacias guardando una distancia de aviones en el cielo.  “Prohibido tocarse” se lee en sus ojos de agujero negro, en sus miradas efímeras  como estrellas fugaces.  Ánimas solitarias, cometas errantes por un universo vacío, vagan de la casa al supermercado y del supermercado a la casa en un rutina nueva sorprendentemente ejecutada ya con precisión de ley astrofísica. El silencio lo va corrompiendo todo, como el agua en un barco que se hunde. La soledad claustrofóbica de la calle, el abrazo de plaza pública de los balcones. La sensación de ilegalidad sobre las aceras, de buen ciudadano en los hogares.








Ayer tuve que salir por la tarde y aventurarme unas calles más allá de los confines de la galaxia de mi barrio. Fue sólo media hora. Cenicienta no tenía zapatos para más. Calles desiertas en un dramatismo de profecía bíblica. Y los parques. Esos parques infantiles precintados. Sin nietos ni abuelos. Sin risas. Sin llantos. Inertes como un planeta helado. ¿Dónde jugarán los niños?


sábado, 14 de marzo de 2020

Yo Me Quedo En Casa: Cola Virus

Madrid, Viernes 13 de Marzo de 2020

Madrid 10 am. Una ciudad excepcional en estado de excepción sacada a golpe de virus de su rutina de viernes prematuramente primaveral. Desde mi ventana, los balcones de enfrente gratamente recuperados para la vida familiar. En el segundo, tres niñas sin cole juegan a disfrazarse de mujeres adultas y se tiran selfies con tacones y gafas de sol.  En el tercero, dos enamorados se besan con cierta temeridad. En el quinto, un señor de mediana edad fuma y pinta sobre un cabellete.





Pongo a calentar agua para el mate con la radio de fondo. Me vuelvo a asomar a la ventana. Las niñas ahora han sacado un viejo colchón de muelles al balcón y saltan furtivamente sobre él.







Bajo a la calle. La gente se evita torpemente. Las miradas resbalan por los cuerpos en una actitud más neoyorquina que castiza.

En la administración de lotería pido un boli para echar el Euromillón y desde detrás del cristal me acusan implícitamente de suicida. En la farmacia, parapetada tras una improvisada mampara, la boticaria repite por enésima vez que el jabón de mano hace días que está agotado.

Me sorprende el súper, abarrotado un día de diario a las 11 de la mañana. Mucha gente mayor. Los carros traídos de casa se amontonan desordenadamente a la entrada dificultando la llegada hasta los lockers. Algunas estanterías están completamente vacías. En uno de los pasillos dos señoras se pelean por el último paquete de macarrones. La gente apenas habla entre ella. Todos somos sospechosos, potencialmente culpables hasta que se demuestre lo contrario. Hay una indisimulada incomodidad ante la presencia del otro, una extemporánea prisa entre los jubilados.






Largas colas en las líneas de cajas. Dudo entre dos de ellas. Las observo, las estudio por unos segundos antes de decidirme por la de la derecha para comprobar, al llegar mi turno, la incurable, endémica e irremediable tendencia a prueba de vacunas que tengo a elegir siempre la más lenta.
 

domingo, 12 de febrero de 2017

El Jazz Club del AC Recoletos

Madrid, 9 de Febrero de 2017


Un contrabajo que llora por granaínas en un quejío elegante que nos hiere y nos consuela a la vez. Nos sacude y nos arrulla. Una guitarra que se desgarra por farrucas desde la sutileza gruesa del bordón.

Javier Colina se abraza a su instrumento como quien se agarra a la vida y de su interior van brotando notas negras de río profundo. A su lado, Josemi Carmona comparte protagonismo sin que entre ellos exista el más mínimo prurito de preponderancia.

El tercero en cuestión, Bandolero, capaz de convertir cualquier superficie en instrumento de percusión, acompaña y completa esa Santísima Trinidad que es una y trina a la vez.

Javier Colina, Josemi Carmona y Bandolero


Josemi Carmona



 El espacio sigue siendo el mismo, el lobby del hotel,  pero el lugar  donde se colocan los músicos ha cambiado y un tímido escenario – lo suficientemente alto como para que se pueda ver desde cualquier rincón y lo explícitamente plano como para que los músicos parezcan estar tocando en el salón de casa - ha sido instalado sobre el suelo desnudo.



Cecilia, creadora del juguete, sigue ejerciendo de maestra de ceremonias, como hace 4 años cuando yo venía con cierta asiduidad; y Juan, la otra pieza fundamental del invento, ha consolidado su papel atrapando en sus imágenes y grabaciones el alma de aquel ritual consciente de lo extraordinario de lo que allí sucede y de que es casi un delito no inmortalizarlo.

Los jueves de Jazz y Flamenco se han convertido ya, por derecho propio, en un clásico de las noches de Madrid y, sabedores de que una de sus claves está en el intimismo, para no masificarlo y dar repuesta a la creciente demanda de asistencia,  han decidido, a partir de la semana que viene, probar a hacerlo extensivo a la velada de los viernes.

Javier Colina

Bandolero


 Entre el público, fieles que yo recordaba de los inicios mezclados con productores musicales de éxito y hasta ex primeras damas. Todo muy cool y muy cálido a la vez.

El Jazz Club del AC Recoletos hará suyos también los viernes de Madrid. Estoy seguro.  Primo, lo que yo te diga. 

Farrucas

Todas las Imágenes de Juan Laguna



viernes, 11 de marzo de 2016

Chano Domínguez Trío


No se corta el humo en el ambiente, ni el local es un antro ni el pianista un perdedor, sino un tipo del Sur de sonrisa amplia de Bahía de Cádiz y melena de estela de vaporcito del Puerto.

Su lugarteniente exhibe una ambigua mueca de tristeza alegre y se abraza al contrabajo como a la vida. Esbelto, enjuto, con su figura a medio camino entre Rodin y Giacometti.

Más allá, camuflado tras su instrumento, el batería. Sabedor de su papel imprescindible pero secundario y de que sus golpes  sobre los platos deben tener la sutileza de una confidencia.

Chano Domínguez (piano), Javier Colina (contrabajo), Guillermo McGill (Batería). Café Central, Madrid,  
El panista viene de Seattle y se disculpa por no haber tenido tiempo de ensayar. No hace falta. Se conocen de tantos años y escenarios juntos que  la improvisación que aparentan camufla una compenetración muy pulida y trabajada.

Su repertorio navega del Guadalquivir a Nueva Orleans pasando por el Caribe. Cantes de ida y vuelta que se prenden al alma para no marcharse.

Fuera, tras las vidrieras, el frío y la lluvia. Y los árboles sometidos por el viento en una danza sincopada e insonora de cristal de aeropuerto. Dentro, los tonos cálidos y la quietud expectante. En frente mía, un economista que lo dejó todo en la capital para montarse un paraíso en forma de hotel rural en Cáceres. A mi derecha, ella.  Inquietante, misteriosa, irresistible. Y a mi espalda, casi rozándome, el pianista.  Me vuelvo y no consigo ver sus manos.  No importa. En los ojos de ella,  con su brillo de teclas,  sus dedos saltan de pupila a pupila.  Y la escena toma tintes de irrealidad. Y sus iris son dos bafles oscuros de donde brotan los acordes.  Y sus piernas infinitas, una tentación de alabastro. Y su vestido, el telón de un escenario a punto de abrirse. Y sus labios, una partitura en clave de sol. Y yo ya no sé dónde acaba la música y dónde empieza ella. Ni qué pasará un minuto después, cuando el piano deje de soñar y ella, con un poco de suerte, me descubra…