martes, 5 de noviembre de 2013

La Luz de Otoño

La luz de los atardeceres de Otoño no ilumina los objetos, los acaricia. Se posa sobre los paisajes amarillentos con la delicadeza de una mariposa moribunda y recorre los rostros con la suavidad de una mano anciana.

La luz de los atardeceres de Otoño descompone la vida en una infinita gama de ocres y huye de las estridencias, de los desenlaces drásticos, de los contrastes violentos del verano para diluir los ángulos y las líneas en un sfumato renacentista. 

Chinchón. Imagen: Ramiro Curá

La luz de los atardeceres de Otoño, tiene la templanza de la experiencia y la serenidad de quien ha vivido y barrunta el final. 

Hoy, día de Todos los Santos, la contemplo desde Chinchón, desde el mirador que hay junto a la Iglesia de la Asunción, como otros años lo hice desde Positano, San Sebastián, Granada o Ronda; y me doy cuenta de que da igual el lugar desde el que la admire porque, la luz de los atardeceres de Otoño, es bella en sí misma. 

Chinchón. Imagen: Ramiro Curá

miércoles, 12 de junio de 2013

El Cine Europa

“En la melancólica media luna del atardecer de invierno, enfilaron Bravo Murillo desde Cuatro Caminos. A medida que se acercaban a su destino, iban encontrando grupos de peatones cada vez más numerosos, que se dirigían al lugar del mitin, ocupando las aceras e invadiendo la calzada. [ ] El cine ocupada todo un edificio de tres plantas. Los grandes paneles publicitarios de la fachada habían sido cubiertos por telones negros donde figuraban los nombres de los falangistas muertos en enfrentamientos callejeros o en emboscadas. [ ] Un seísmo pareció sacudir los cimientos del cine Europa al pisar la escena José Antonio Primo de Rivera.” (Riña de Gatos, Eduardo Mendoza)


Me gustan las novelas que mezclan realidad y ficción, personajes  inventados con figuras históricas a la manera en que en los poemas de Homero se fundían mortales y dioses. Y me gusta que las tramas se desarrollen en espacios tangibles, reconocibles. Por eso me aburre la literatura fantástica y siempre acabo encontrando algo mucho más interesante – gustos son gustos - que “El Señor de los Anillos” para llevarme a la cama.

Me priva apuntar los escenarios  por los que discurren las acciones  y salir luego a perseguir los pasos de los protagonistas por las ciudades que habito. Me he sorprendido a mí mismo siguiendo a Roque Díaz  - Frontera Sur  - por Buenos Aires,  a la Maga – Rayuela - por París, a Daniel Quinn - Trilogía de Nueva York -  por Manhattan,  al Pijoaparte - Últimas Tardes con Teresa - por Barcelona, a Minaya - Beatus Ille - por ese trasunto de Mágina que es Úbeda…He buscado la casa de Inés - Inés y la Alegría - en la calle Montesquinza, la de Andrea – Nada – en Aribau, la de Santiago Abel – La Noche de los Tiempos -  en Príncipe de Vergara…He soñado  tropezarme con Jim Wormold – Nuestro Hombre en La Habana – en La Habana, con Galip – El Libro Negro – en Estambul, con Santiago Biralbo – El Invierno en Lisboa – en Lisboa. Me he obsesionado con la perspectiva de una plaza en Granada – El Robinson Urbano -, con el  aroma de un mercadillo en el Caribe  – El Siglo de Las Luces –, con cierta luz crepuscular  en Venecia -Muerte en Venecia -…Y me he emocionado al doblar una esquina, como quien pasa una página, y descubrir en una callejuela soleada o en una plazoleta minúscula, una casa señorial o un palacete donde alguien una vez imaginó a su personaje cruzándose con un joven Alberti de mono azul  o transgrediendo rígidas normas de clase en el primer club feminista de la capital.

Las ciudades son láminas transparentes que las novelas nos ayudan a colorear. Ciertos edificios, ciertos monumentos, ciertos parques, ciertas calles secundarias no existen, son traslúcidos, hasta que los leemos. Y su hallazgo tiene ese punto de exaltación ansiosa y playa virgen de los descubrimientos.

Cine Europa
De todos estos hitos urbanos, los que peor ha tratado el paso del tiempo son, sin duda,  los cines. Como el Europa, de cuya existencia supe el otro día leyendo Riña de Gatos de Eduardo Mendoza. Situado en la madrileña calle de Bravo Murillo, algo más arriba de Cuatro Caminos, fue diseñado por Luis Gutiérrez Soto - "el arquitecto de los cines": Callao, Barceló (hoy discoteca Pachá) - en 1928. Sus formas suaves, hijas del expresionismo alemán,  y su enclave “periférico” con relación al centro urbano, debieron dotarlo de un aire majestuoso y moderno en la época.  En su escenario se celebraron mítines, como el de José Antonio Primo de Rivera que describe Mendoza en la novela, y tuvo lugar nada menos que la primera actuación de Antonio Machín en España.

José Antonio Primo de Rivera acompañado, entre otros, por Julio Ruíz de Alda y Raimundo Fernández Cuesta a la salida del mitin de Falange Española en el Cine Europa, el 12 de Febrero de 1936.
Comido por la curiosidad, y aprovechando que iba al cercano Cine Verdi, el domingo pasado salí temprano de casa para contemplarlo in situ. Debo decir que me costó encontrarlo. Primero, porque el desarrollo urbano de la zona lo ha ido engullendo. Y segundo, porque ya no existe, o no existe como tal.  El glamuroso Cine Europa al que las parejitas de preguerra iban a besarse y las damas de la alta sociedad a escuchar a sus ídolos cantantes, una noche echó el telón y dejó de pintarse los labios.  Y donde antes se leía entre candilejas: Casablanca o Mogambo, hoy reza prosaico: Saneamientos Pereda. Así, sin más, como bótox mal puesto.

Saneamientos Pereda


viernes, 7 de junio de 2013

El Libro de Arena

"Me dijo que su libro se llamaba El Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen principio ni fin" (Jorge Luis Borges, "El Libro de Arena", 1975)

Los libros encierran innumerables historias. De todas ellas, la que contienen sus renglones, la que imaginó el escritor, tan sólo es una más. Tal vez la más obvia, la más lineal, a veces la menos interesante, la única que con cierta certeza consta de principio y fin. Luego están las otras, mucho más enigmáticas, las que acaban tiñendo sus páginas de amarillo tiempo y llenándolas de misteriosas cicatrices: un pétalo marchito marcando un capítulo, la tinta desleída de una hoja acartonada - quizás por una lágrima o por una gota de lluvia -,  los restos de carmín sobre unos versos desnudos o la violencia de un garabato desgarrando una dedicatoria ya por siempre encriptada. La historia leída, la que plasma el escritor, es el ADN del libro, su parte inmutable. Las otras, las que lo hacen único, imprevisible. Como esos hijos que traemos al mundo tratando de moldearlos a nuestro antojo para que luego tomen sus propias decisiones y tengan el mal gusto de sobrevivirnos.

Foto: Ramiro Curá
Rojo era consciente de ello y por eso no se había atrevido nunca abrir aquél que Azul, al marcharse, dejó olvidado. Aunque a veces, en las tardes de tedio y nostalgia, lo sacaba con delicadeza del cajón y acariciaba su lomo evocando aquel verano tan corto como eterno: La recordaba leyéndolo sobre las rocas, junto al faro, o saliendo del mar bañada en atardeceres mientras una tenue brisa de levante agitaba sus hojas de acordeón desvencijado. Otras era él el que lo recogía, húmedo de rocío, de una hamaca del jardín donde Azul lo había abandonado tras hacer el amor precipitadamente, bajo la luna de Agosto, junto a dos copas de champagne vacías.


 Quién sabe qué pactos secretos traman el alcohol y el subconsciente. Tal vez fue el aroma a azahar que entraba por la ventana o el ladrido lejano de un perro o la luna llena o la canción de Billie Holliday que sonaba de regreso a casa…el caso es que aquella madrugada de primavera nueva, sacó el libro del cajón, se tumbó desnudo sobre la cama de sábanas recién cambiadas y se aventuró a leer: “La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última que lo vio su mujer, Luisa, lo cual no dejó de ser extraño y quizá injusto, ya que ella era eso, su mujer, y yo era en cambio una desconocida…”. Y pasó una página y luego otra que culminaba un capítulo que luego se convirtió en primera parte a la que seguía una segunda…hasta que la ducha del vecino de arriba le indicó que ya debía de estar clareando. Entonces cerró el libro y, al apagar la luz, se dio cuenta de que tenía el pecho lleno de arena.




Para R., por hacerme ver que, si las letras juntas componen poesía, los colores el arcoíris. Y, cómo no, por devolverme libros llenos de arena. 

lunes, 3 de junio de 2013

En Construcción

"Es una historia de ida y vuelta. Un retrato de vida hecho de pedacitos de realidad [ ] Sole y Pablo llegaron a España creyendo en la salvación del sueño europeo. Y hoy, tan lejos de lo que vinieron buscando, surge la pregunta: ¿volver?" (Carolina Román y Nelson Dante)

"Un hombre y una mujer caminan por las calles de Madrid. No hay dramatismo en sus expresiones. De fondo: una ciudad desenfocada, un ruido, una distorsión [ ] Un espejo lleno de preguntas: ¿cómo nos ven? ¿cómo los vemos / tratamos? ¿qué haremos ahora que los inmigrantes en otros países volvamos a ser nosotros? ¿qué será de nuestros sueños? ¿de los sueños de Pablo y Sole?" (Tristán Ulloa)

Los amigos dibujan una constelación de letras que, combinadas entre sí, a veces forman palabras que dan lugar a frases que en última instancia acaban tejiendo maravillosas historias. Y del mismo modo que uno aprende con los años que ciertas letras juntas jamás podrán significar nada, también intuye que de la combinación de otras, incluso variando el orden, termina surgiendo siempre poesía. De este manera, el trabajar con C me permitió conocer  a V que me presentó a P y a J a quienes ella había conocido a través de A que, leyendo una crítica del susodicho P, descubrió una joyita teatral llamada En Construcción que fue a ver hace unos días  y que luego recomendó a su propia constelación de letras.


Y así fue como, en una tarde otoñal en primavera, mientras sonaban los clarines que anunciaban la salida del primer Jandilla al ruedo de Las Ventas, yo tomaba un metro en dirección al Teatro del Arte: un modesto portal en una calle secundaria de Lavapiés, una zona de tránsito con una mesa por taquilla y una minúscula barra, dos cómicos con bombín por único personal y un espacio escénico en el patio interior, en una nave perfectamente acondicionada en medio de una antigua corrala - ropa tendida desde las ventanas incluida -, donde público y actores están al mismo nivel, muy cercanos, casi rozándose.


 En cuanto a la obra: montaje austero, artesanal, desnudo. Dos personajes, una pequeña historia,  tan particular como universal, escrita y actuada por Carolina Román y Nelson Dante – que, por si fuera poco, también cantan y bailan - y dirigida por Tristán Ulloa.

Mi debilidad musical me hace resaltar la intimista versión a la guitarra del Sea de Jorge Drexler por parte de Dante y la conmovedora recreación al piano y a dos voces del Pétalo de Sal de Fito Páez.


Buen plan para una tarde cualquiera de esta primavera vestida de otoño  y que acabó con un emocionado aplauso a los actores tras el cual Román leyó una frase desgraciadamente recurrente en estos últimos tiempos en las salas a las que acudo: “Un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerto, está moribundo” (Federico García Lorca).







lunes, 27 de mayo de 2013

Cuéntame

Cuando Cuéntame comenzó a emitirse, allá por 2001, éramos un país aparentemente próspero con unos índices de desarrollo superiores a la media europea y orgullosos de una transición a la democracia que era puesta de ejemplo y estudiada en las Universidades más prestigiosas de Occidente. Las imágenes de la familia Alcántara y su humilde barrio de San Genaro lleno de inmigrantes provincianos en medio de un entorno gris, austero, de recato y sumisión al poder establecido y a la Iglesia, se nos antojaban superadas en el tiempo y el verlas nos hacía sentir bien con nosotros mismos y con la evolución que el país, en tan “pocos años”, había experimentado.  Seguramente que esa  tarea de enfrentarnos cada jueves a una vieja y marchita fotografía con nuestro rostro en que el peinado actual salía a todas luces ganando con respecto al de aquella época, tuvo que ver en el éxito tan brutal de la serie en sus inicios.


Pero hubo un momento en que el globo explotó, las certidumbres saltaron por los aires y todo lo que creíamos sólido, se desmoronó. La España actual firmó un pacto tácito con la del pasado y, como si de dos países vecinos aislados durante años se tratase, decidieron construir un túnel del tiempo que los volviese a unir. La España de Cuéntame, seguía cavando hacia el futuro, la actual, comenzó a hacerlo con celeridad hacia el pasado: crisis, contratos precarios, recortes en educación, privatización de la sanidad, retroceso en la ley del aborto, enseñanza católica obligatoria… con la idea no declarada de juntarse en algún punto intermedio de la historia.

El jueves pasado, viendo el último capítulo de la temporada de este ya clásico de la televisión, escribí un comentario banal en una red social sobre lo que le estaba sucediendo a uno de los personajes. Al momento me contestó una amiga sorprendida de que la serie todavía siguiera en antena. Me extrañó su respuesta así que decidí preguntarle que dónde se encontraba para no saberlo: "En Colonia, esto es muy bonito y la gente es muy agradable pero no es Andalucía, no tapitas, no terrazas con amigos, no risas hasta las 3 de la madrugada... pero hemos venido a trabajar que es lo que no se puede en España... aunque sin el idioma no encuentras nada [ ] Ya vamos hablando algo. Estamos deseando volver y apenas hemos llegado... Pablo, como es médico, necesita el B 2 y yo para trabajar en Psicomotricidad infantil también... Es bastante complicado, pero se supone que en Octubre tenemos el B 2, no es tan fácil como antes [ ] Aquí hace mucho frío... los que podáis resistid... ¡mejor allí!". 


Le deseé suerte y cerré el ordenador. Y mientras me lavaba los dientes antes de meterme en la cama, me asaltó la duda de si realmente habría estado hablando con mi amiga Carolina de Linares o tal vez con algún personaje de Cuéntame salido del túnel de tiempo...


Para Carolina y su chico por el futuro, por el regreso, por la valentía de hacer las maletas...por inspirarme este post.

jueves, 23 de mayo de 2013

Videla


Los artículos sobre su muerte le sorprendieron el sábado mientras regresaba a Madrid en un día gris y frío. Fotos y nombres del pasado emergían del túnel del tiempo golpeando sus pupilas con la misma furia con que la lluvia golpeaba los ventanales del tren. En su memoria sacudida, dos imágenes nítidas de aquel hombre.

Jorge Rafael Videla

En la primera, se pasea por las atestadas calles de su niñez saludando sonriente desde el asiento trasero de un coche. El ruido ensordecedor  de los aviones de combate contamina el aire desde muy temprano y sus mayores, mimetizados con el ambiente, algo que se le hace difícil de explicar hoy en día, agitan pequeñas banderas celestes y blancas a su paso.

En la segunda,  entrega orgulloso la copa del mundo de fútbol a un Passarella muy joven ante la atenta mirada de Ardiles, Kempes, Tarantini y el resto del equipo nacional.

Videla entrega la copa a Passarella, capitán de la selección argentina

En ambas imágenes, hace frío. En ambas, el fervor de las masas. En ambas, el celeste y blanco lo impregna todo. En ambas, él es un niño feliz que no ve más allá de lo que ven sus ojos.

Luego hay otros recuerdos más sórdidos, distorsionados sin duda por el paso del tiempo, que él sólo al crecer supo comprender que estaban relacionados con aquel hombre: un registro policial en una casa a medianoche,  una visita a unos parientes lejanos un fin de semana  que alguien sopló  que podía ser “de riesgo” en el pueblo,  un viaje de su madre a Córdoba en pleno mundial y una mudanza  a España por un tiempo “para conocer Europa y la nieve” - versión infantil -, “hasta que la situación se calme” – versión adulta.


Quiso la casualidad que ese mismo sábado, treinta y cinco años después de todo aquello, hubiera quedado brevemente con su primo A., con quien tanto jugó de pequeño en su Salta natal y que desde hace un tiempo vive en Barcelona. Él le habló de los cambios en su  vida, A. de los suyos, del nacimiento hace unos meses de su hija C., de lo que le gustaba su nueva ciudad, de su trabajo en el mundo del cine… hicieron propósito de verse pronto y se abrazaron antes de despedirse. Te veo bien, le dijo él a su primo mientras se alejaba. Por cierto, ¿Viste ayer la final de la Copa?  A. se dio la vuelta y sonrió. Uno de River, otro de Boca. Ayer fue un buen día, primo. ¿Por qué? Porque ganó el Atleti y murió Videla.

Te quiero. Yo también. En breve voy a conocer a C. Te espero. Chau. Chau.

"Sí, sí señores, soy argentino / sí, sí señores, de corazón / .../ porque Argentina mostró al mundo / que en nuestro pueblo se vive en libertad"


lunes, 25 de febrero de 2013

George


El tercero en discordia, el más joven de los cuatro, el primero de ellos en viajar a Estados Unidos, en acercarse a la espiritualidad oriental a través del gurú Ravi Shankar, en introducir el sitar en el rock – todo un acontecimiento en su época -, en querer dejar la banda…


No era un gran virtuoso de la guitarra cuando entró en el grupo pero lo acabó siendo. Autor de alguno de los temas más maravillosos del cuarteto, en su momento un tanto eclipsados por los del tándem Lennon-McCartney, como Here Comes The Sun o Something que él mismo se encargó de interpretar en los discos, fue un precursor de los macrofestivales benéficos y el primero en editar un álbum triple.

George tocando el sitar

Introvertido, aunque dicen que buen conversador y cercano en la intimidad, siempre  huyendo de los focos y buscando el segundo plano en su etapa en la banda, hoy hubiese cumplido 70 años. Yo, de nacer Beatle, hubiese querido ser él. Hubiese querido ser George Harrison.