jueves, 19 de marzo de 2020

Yo Me Quedo En Casa: Día 5

Madrid, 18 de Marzo de 2020


La gente se cruza como planetas en órbitas paralelas y hace cola frente a las farmacias guardando una distancia de aviones en el cielo.  “Prohibido tocarse” se lee en sus ojos de agujero negro, en sus miradas efímeras  como estrellas fugaces.  Ánimas solitarias, cometas errantes por un universo vacío, vagan de la casa al supermercado y del supermercado a la casa en un rutina nueva sorprendentemente ejecutada ya con precisión de ley astrofísica. El silencio lo va corrompiendo todo, como el agua en un barco que se hunde. La soledad claustrofóbica de la calle, el abrazo de plaza pública de los balcones. La sensación de ilegalidad sobre las aceras, de buen ciudadano en los hogares.








Ayer tuve que salir por la tarde y aventurarme unas calles más allá de los confines de la galaxia de mi barrio. Fue sólo media hora. Cenicienta no tenía zapatos para más. Calles desiertas en un dramatismo de profecía bíblica. Y los parques. Esos parques infantiles precintados. Sin nietos ni abuelos. Sin risas. Sin llantos. Inertes como un planeta helado. ¿Dónde jugarán los niños?


martes, 17 de marzo de 2020

Yo Me Quedo En Casa: Día 3

Madrid, 17 de Marzo de 2020

En algún momento impreciso de la historia, las autopistas impusieron su dictadura eclipsando a cualquier otro tipo de camino. Surgió así el concepto de “carretera secundaria” y la meta sustituyó a la ruta, el selfie al instante, el valor del tiempo al de la aventura, el área de servicio al recodo del camino, el turista al viajero.

El virus se fue extendiendo como una “enfermedad más” asociada a las sociedades desarrolladas y, como la obesidad, el colesterol, el sedentarismo o la depresión, llegó a nuestros hogares. Los pasillos, las ventanas, los balcones acabaron convirtiéndose silenciosamente en esas carreteras secundarias a las que ya nunca nos asomábamos y comenzaron, incluso, a desaparecer de los edificios modernos.




Un  buen día, un bicho microscópico nos recluye en casa. Y una tarde, después de salir a la terraza a ovacionar a nuestra sanidad pública, te sientas en el sofá y una fragancia que no conocías o en la que nunca te habías fijado, te llama la atención. Giras la cabeza hacia tu izquierda y allí está ella. ¿Desde cuándo usa ese perfume? ¿y ese flequillo? ¿Será nuevo ese vestido? Y un cierto rubor te enciende el rostro. Entonces, apagas la tele, abres una buena botella de vino, rescatas aquel viejo vinilo que hace tanto que no escuchas, enciendes una vela y regresas al sofá con dos copas. Te vuelves a sentar a su lado y dices: “Hola”.




lunes, 16 de marzo de 2020

Yo Me Quedo En Casa: Día 2

Nos dedicamos a construir edificios cada vez más altos y alejados de la calle. Los domotizamos dotándolos de sistemas de ventilación que, en la práctica, consisten en una completa desconexión con el entorno. Condenamos al basurero de la historia a los balcones forrándolos de espejos impecables que repelen las miradas exteriores y multiplican el ego de sus arquitectos y propietarios.

Los móviles y las pantallas de televisión sustituyen a las ventanas conectándonos con Nueva York o Londres a cambio de negarnos nuestro mundo más inmediato.



Pero de pronto un día, un virus que no es informático se cuela en nuestras vidas y nuestra sociedad hiperconectada tiembla. Entonces, nos recluimos en casa y redescubrimos las ventanas. Y jugamos a través de ellas al bingo con vecinos a los que, hasta ahora, no les poníamos cara. Y cada tarde, a las 8 en punto, niños, padres y abuelos volvemos a poblar  los balcones de nuestra infancia para ovacionar emocionados a nuestra sanidad pública y luego pinchamos a todo volumen “Resistiré”.  Y la ciudad entera se funde en un solo abrazo solidario. La ciudad entera salvo esos barrios nuevos hechos de edificios de cristal porque el precio de hacerlos más alto fue amputarles los brazos.  







sábado, 14 de marzo de 2020

Yo Me Quedo En Casa: Cola Virus

Madrid, Viernes 13 de Marzo de 2020

Madrid 10 am. Una ciudad excepcional en estado de excepción sacada a golpe de virus de su rutina de viernes prematuramente primaveral. Desde mi ventana, los balcones de enfrente gratamente recuperados para la vida familiar. En el segundo, tres niñas sin cole juegan a disfrazarse de mujeres adultas y se tiran selfies con tacones y gafas de sol.  En el tercero, dos enamorados se besan con cierta temeridad. En el quinto, un señor de mediana edad fuma y pinta sobre un cabellete.





Pongo a calentar agua para el mate con la radio de fondo. Me vuelvo a asomar a la ventana. Las niñas ahora han sacado un viejo colchón de muelles al balcón y saltan furtivamente sobre él.







Bajo a la calle. La gente se evita torpemente. Las miradas resbalan por los cuerpos en una actitud más neoyorquina que castiza.

En la administración de lotería pido un boli para echar el Euromillón y desde detrás del cristal me acusan implícitamente de suicida. En la farmacia, parapetada tras una improvisada mampara, la boticaria repite por enésima vez que el jabón de mano hace días que está agotado.

Me sorprende el súper, abarrotado un día de diario a las 11 de la mañana. Mucha gente mayor. Los carros traídos de casa se amontonan desordenadamente a la entrada dificultando la llegada hasta los lockers. Algunas estanterías están completamente vacías. En uno de los pasillos dos señoras se pelean por el último paquete de macarrones. La gente apenas habla entre ella. Todos somos sospechosos, potencialmente culpables hasta que se demuestre lo contrario. Hay una indisimulada incomodidad ante la presencia del otro, una extemporánea prisa entre los jubilados.






Largas colas en las líneas de cajas. Dudo entre dos de ellas. Las observo, las estudio por unos segundos antes de decidirme por la de la derecha para comprobar, al llegar mi turno, la incurable, endémica e irremediable tendencia a prueba de vacunas que tengo a elegir siempre la más lenta.