Un Balcón es un lugar privilegiado desde donde mirar al mundo. Por delante de cada uno de ellos pasa la vida. Te invito a subirte al mío a contemplarla, conversar o, simplemente, hacernos compañía. Pasa sin llamar. La puerta está abierta.
Todas
las familias tienen algo que las hace únicas. Y todas tienenalgo que las iguala a las demás. Y esto,
lejos de ser negativo, puede ser un “consuelo”.
Gustavo
Salmerón buscaba material para su primer largo y un buen día descubrió que lo
tenía en casa. Su propia gente y, en concreto, su madre Julita que, con su
naturalidad innata, nos gana desde el primer momento.
Ella
soñaba con tener muchos hijos, con tener un mono y con tener un castillo. Todos
esos sueños los cumplió. Aunque luego no resultara como esperaba.
Julita
es un espejo en que reflejarnos. Sus contradicciones – odia a Franco por provocar
una guerra en la que sufrió mucho,pero
fue feliz siendo falangista y, aunque quiso ser monja, no cree en Dios…o tal
vez, en el fondo, sí -, su manera de envejecer – junto a un marido al que
quiere aunque se peleen, aunque ya “no la toque porque está gorda” -, su manera
de acumular cosas inservibles…
Julita
Salmerón
tuvo la sensibilidad de intuir ese diamante y filmó a su familia durante 15
años.
Una
buena idea, una cámara, la colaboración paciente de sus hermanos, el
contrapunto imprescindible de su padre y la impagable espontaneidad de Julita.
Hilarante,
deliciosa, magnética. El buen cine no es cuestión de medios, sino de ideas.
Las tardes de Julio en Tempio se hacían largas, monótonas, como una densa estación de tránsito entre la mañana y la caída del sol cuando preparábamos los trajes para salir a algún lugar a bailar.
Induráin imponía su ley sobre las montañas francesas y a nosotros nos gustaba bajar hasta el pueblo después de comer, a algún bar del centro, a sacar pecho entre la clientela local viendo cómo Miguelón volvía a imponerse por enésima vez sobre Chiapucchi y Bugno, lo ídolos nacionales.
Al acabar la etapa del Tour, retornábamos por la carretera desierta de sombras y tráfico en dirección al colegio que nos servía de residencia durante el festival.
Pero una tarde tediosa de triunfo y calor como otra cualquiera, algo extraordinario sucedió. Nos acercábamos a la escuela y, del otro lado del muro, una voz infantil dejaba escapar una melodía que poco a poco iba ganándole el pulso a las chicharras.
Cruzamos la puerta de entrada acelerados por una curiosidad de atracción fatal y, entonces, la magia apareció. Ahí, en el margen derecho del camino de tierra que daba acceso al colegio, en medio del pequeño bosque que lo rodeaba, a la sombra de unos árboles en la siesta sarda, unas niñas jugaban. Tal vez al elástico o a la lima o a la rayuela o a alguna versión local en una imagen que a mí se me antojó atemporal. Mientras ella seguía cantando.
What’s in your head, in your head…
Menuda, frágil, con un vestido vaporosamente infantil, ajeno a cualquier sensualidad. Las trenzas sobre los hombros y aquella voz a ratos enérgica, a ratos desgarrada, como poseída, que ahora se hacía rotundamente reconocible.
Zombie, zombie, zombie...
Las niñas continuaban saltando, indiferentes, como contagiadas por el tedio vespertino mientras yo asistía perplejo a aquel despliegue de voz que hoy hubiera triunfado en cualquier concurso televisivo en su versión kid.
Era Julio del 95’ y nunca más volví a verla ni a escucharla en el resto de días que duró el festival. Pero hoy, casi 23 años después, al leer la noticia de la muerte de cierta cantante irlandesa con nombre hispano, me acordé de aquella niña que hoy será una mujer. Me la imaginé viviendo lejos de su isla, tal vez en Roma o Milán. Y quise pensar que ayer, al ver la tele, un nudo de nostalgia se abrazaría a su garganta al rememorar aquellas tardes de verano de su infancia en las que, en su pueblo, jugando al elástico, ella soñaba con ser Dolores.
11 de Febrero de 2017 "El tren camina monótono hacia el Sur y, sobre la ventanilla, las gotas de lluvia, como letras desordenadas de tu nombre, abrazadas al cristal con la persistencia de un recuerdo tuyo"
Un contrabajo que llora por granaínas en un quejío elegante que nos hiere y nos consuela a
la vez. Nos sacude y nos arrulla. Una guitarra que se desgarra por farrucas desde la sutileza gruesa del bordón.
Javier Colina se abraza a su instrumento como quien se agarra a la vida y de su
interior van brotando notas negras de río profundo. A su lado, Josemi Carmona
comparte protagonismo sin que entre ellos exista el más mínimo prurito de
preponderancia.
El
tercero en cuestión, Bandolero, capaz de convertir cualquier superficie en
instrumento de percusión, acompaña y completa esa Santísima Trinidad que es una
y trina a la vez.
Javier Colina, Josemi Carmona y Bandolero
Josemi Carmona
El espacio sigue siendo el mismo, el lobby del
hotel,pero el lugardonde se colocan los músicos ha cambiado y un tímido escenario – lo suficientemente alto como para que se pueda ver desde cualquier rincón y lo explícitamente plano como para que los músicos parezcan
estar tocando en el salón de casa - ha sido instalado sobre el suelo desnudo.
Cecilia,
creadora del juguete, sigue ejerciendo de maestra de ceremonias, como hace
4 años cuando yo venía con cierta asiduidad; y Juan, la otra pieza fundamental del invento, ha consolidado su papel atrapando en sus imágenes y grabaciones el alma de
aquel ritual consciente de lo extraordinario de lo que allí sucede y de que es
casi un delito no inmortalizarlo.
Los
jueves de Jazz y Flamenco se han convertido ya, por derecho propio, en un clásico
de las noches de Madrid y, sabedores de que una de sus claves está en el
intimismo, para no masificarlo y dar repuesta a la creciente demanda de
asistencia,han decidido, a partir de la
semana que viene, probar a hacerlo extensivo a la velada de los viernes.
Javier Colina
Bandolero
Entre
el público, fieles que yo recordaba de los inicios mezclados con productores
musicales de éxito y hasta ex primeras damas. Todo muy cool y muy cálido a la
vez.
El Jazz Club del AC Recoletoshará suyos también los viernes de Madrid. Estoy seguro. Primo, lo que yo te diga.
Los
planes inesperados y la curiosidad son buenos aliados.
Ayer por
la tarde debía ir al sastre de toreros y unas horas antes recibí el mensaje
de una amigo, siempre escueto y con poca antelación: “Esta tarde voy a Madrid. Asistiré a una
conferencia a las 7 de la tarde. Puedo estar por allí sobre las 5:30. ¿Un
café?”
Mi amigo
es arquitecto y de Ávila, a poco más de una hora de Madrid, y la conferencia
tendría lugar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en la calle Alcalá,
muy cercana al sastre, así que le propuse que me acompañara y luego ir juntos a
la charla.
Expo sobre Carlos III en la Real Academia de San Fernando
La
Maestra Nati, ya octogenaria, nos recibió con esa vitalidad que la caracteriza
en ese santuario viviente del toreo que es su casa. Ultimé ciertos detalles de
un capote de paseo que nos está bordando para esta temporada y luego caminamos
juntos hasta la calle Alcalá.
La
conferencia, “Sobre el territorio de Madrid en tiempos de Carlos III”,
impartida por Fernando de Terán, director de la Academia, fue desgranando las
luces y sombras urbanísticas de ese rey tan
ponderado de nuestra historia en que proyectos tan importantes y
trascendentales como el inicio de las seis carreteras radiales que salen de la
capital, se alternaron con otros verdaderamente megalómanos y absurdos como la
pretendida construcción de un canal que uniera el Palacio Real de Madrid con el
de Aranjuez para el caprichoso traslado fluvial de los reyes.
Canal de Aranjuez que nunca llegó a finalizarse
El
proyecto, que discurría paralelo a la cara norte del río Manzanares – los actuales
barrios de Pirámides o Legazpi – fue jalonado de árboles de mora en sus
márgenes para alimentar a los gusanos de seda utilizados en la industria
textil.
El
canal no llegó nunca a finalizarse, como tampoco el mucho más extravagante que
se dirigía hacia el norte, hacia el Jarama, que necesitaba de infinidad de
acueductos para salvar alturas, y en el S. XIX fueron sellados.
Otro
aspecto curioso de la conferencia fue comprobar cómo en algunos mapas de la
época una de las leyendas utilizadas, una mano a medio cerrar, señalaba los
lugares, por su orografía,en los que
era más susceptible sufrir emboscadas. O conocer sobre ese proyecto de "telegrafía óptica" - torres cada 15 km. que se trasladaban mensajes visuales - que llegó a unir la capital con Cádiz.
Fue
la época en la que Madrid, de tener una población similar a Colmenar Viejo o
Alcalá de Henares, comenzó a hipertrofiarse.
Al
terminar la charla, una última sorpresa nos esperaba al bajar las escaleras en
el vestíbulo de la primera planta: una siempre extraña estatua del “angel caído” – de Lucifer,
el diablo – , a imagen y semejanza de la que se encuentra en los Jardines delBuen Retiro, y cuya existencia yo ignoraba absolutamente. Sobre su base, una
inscripción: “Ricardo Bellver. Roma, 1877”. Ambas, por tanto, hijas del mismo autor.
Estatua al Ángel Caído en la Real Academia de San Fernando
Estatua al Ángel Caído en los Jardines del Buen Retiro
Salimos
a la calle con esa sensación de plenitud que te da el haber aprendido algo
nuevo. Unos buñuelos de bacalao en la cercana Casa Labra pusieronfin a una tarde inesperada, como casi todo lo
bueno, en que bridamos por la curiosidad sana y sus adeptos.
Viernes, 20 de Enero de 2017 Era un martes de Noviembre de un año bisiesto y había un camino de tierra que no parecía llevar a ninguna parte. Era un martes de Noviembre de un año bisiesto y al final del camino una playa desierta, una casita de madera y un hombre sentado sobre un minúsculo taburete. Era un martes de Noviembre de un año bisiesto y el hombre parecía llevar días sin ver a nadie. Observador, callado, en cordial matrimonio con su propia soledad. Era un martes de Noviembre de un año bisiesto y me acerqué y le hice alguna pregunta para romper el extraño hielo del Caribe; tal vez relacionada con La Revolución - por aquel entonces me acaba de leer la maravillosa biografía sobre El Che de Jon Lee Anderson. Era un martes de Noviembre de un año bisiesto y él se relajó y me habló de aquellos años, de cómo siendo muy joven cruzó la Sierra de Escambray con los Rebeldes y entró en Santa Clara. Era un martes de Noviembre de un año bisiesto y yo lo escuché con la expectación con la que se rasga el papel de un regalo inesperado. Al día siguiente por la tarde, al regresar a Remedios, donde me hospedada, alguien comentó que Obama, el primer presidente negro de la historia de los Estados Unidos, acaba de ganar las elecciones y un son de optimismo se bailó por todas las calles de aquella ciudad cubana.
Hombre sentado cerca de Cayo Santa María. Cuba, Noviembre de 2008
Dos meses después, en Enero de 2009, su histórica toma de posesión me halló en la Venezuela de Chávez, en San Cristóbal. Y yo pensé en esa extraña doble casualidad por la que tanto la elección del primer presidente negro como su investidura me sorprendieran en las dos “bestias negras” de los Estados Unidos por aquel entonces: Cuba y Venezuela.
Hoy, 8 años después de todo aquello, muertos Fidel, Chavez y el optimismo, lo único que se me ocurre pensar viendo la jura del 45 Presidente en Washington, es que la “bestia negra” - por muy WASP que sea -, tal vez, esta vez, esté en casa.
La Investidura de Trump (Izq.) y la de Obama (Der.)