"[ ] lo difícil que es en este país la disidencia verdadera. Tenemos una idea falsa de nosotros mismos, según la cual somos gente vehemente, que dice lo que piensa y que eso nos distingue de los extranjeros. Pero aquí es muy difícil decir lo que se piensa. Vivimos en una sociedad en la que, por falta de tradición democrática, existe una incapacidad de aceptar con naturalidad las opiniones o las informaciones que contradicen la ortodoxia establecida por un grupo."
(Antonio Muñoz Molina, entrevista en El País Semanal, 17/02/13)
El día que en Barrio Sésamo explicaron la diferencia
entre derecha e izquierda, el sectarismo, como la corrupción, faltó. Por eso, el sectarismo no es nada sectario con las ideologías y es capaz de sentarse
a la mesa con cualquiera de ellas, sobre todo si tocan poder, y seducirlas sin
ningún tipo de miramientos.
No pasa nada, uno elige un bando, el que él cree que es el de
los buenos, y paga su cuota de servilismo, a costa de su dignidad en muchas
ocasiones, a cambio de obtener una defensa incondicional y a ultranza por parte
del grupo mientras, eso sí, no se salga de su libro de estilo.
El problema surge
cuando alguien decide saltarse ese compendio de buenos modales e ir por libre.
Entonces, está jodido.
Ayer, en ese mismo periódico en que leía la interesantísima
entrevista a Muñoz Molina en que figura la frase que encabeza este post, venía
una noticia relacionada con un ex futbolista, Salva Ballesta, cuyo fichaje como
técnico por un club de fútbol ha sido finalmente descartado por sus ideas políticas.
Tiro de hemeroteca para ver su historial
de declaraciones y llego a la conclusión de que yo también, efectivamente, estoy muy alejado de su supuesta ideología. Pero
la cuestión es otra: ¿debe ser esto un factor determinante para vetar a alguien
a que acceda a un puesto de trabajo en que lo que se requiere es una aptitud
técnica sobre un deporte concreto? Creo que contestar afirmativamente a esto
nos puede conducir a una espiral antidemocrática muy peligrosa de la que han
sido víctima a lo largo de la historia desde escritores y cineastas hasta
médicos o carpinteros por el simple hecho de atreverse a decir lo que pensaban.
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| Salva Ballesta |
Cuentan que a finales de los 70,s, alguien de la Academia
llamó a Borges para comunicarle que le iban a conceder el Premio Nobel de Literatura
por su inmensa obra pero que a cambio debía condenar públicamente la cruenta
dictadura militar argentina. El escritor, poco dado a las concesiones a la
galería, contestó que si le querían dar el Nobel que se lo dieran pero que a él
nadie le apuntaba lo que debía decir. A continuación, colgó el teléfono. Se quedó
sin el premio, pero hizo bien.
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| Jorge Luis Borges |




