Su padre, Francisco, de vez en cuando acudía a echarle una mano y al mío,
emigrante de otro mundo en fase de comprender su nuevo hábitat, le fascinaba
escuchar las historias de hambre y guerra que contaba aquel señor de mirada
serena al que yo recuerdo, no sé si por deformación del tiempo, oliendo romero y otras hierbas silvestres recién cortadas.
Le gustaba jugar con la particular disposición de sus
dientes haciendo silbar las eses
finales, como cuando te daba el resultado de tu cuenta – 25, 70, 235…pesetas – rematado
invariablemente por la muletilla “dólaresssssss”. A los niños nos encantaba
bajar a su tienda, aunque sólo fuera a por el periódico de los mayores, porque
en esos años de postfranquismo de adultos todavía tan autoritarios y rígidos,
él nos trataba con amabilidad y nos despedía siempre con un puñado de caramelos
de cubalibre por más que sólo te llevaras un boli bic de dos duros: “son 10 dólaressss…pero niño espérate, no te vayas tan
corriendo, toma unos caramelitos pal
camino”. Y tenía la curiosa costumbre de apuntar en una libreta la dirección
postal de todas las mujeres que pasaban por la tienda para enviarles una tarjeta
por navidad sin esperar nada cambio.
El tiempo pasó, yo me fui a vivir fuera y este maestro
que - si no me equivoco - nunca ejerció,
dejó el centro para instalar su papelería en un barrio periférico, justo en
frente del único instituto de Formación Profesional que hay en Ronda. Nunca
volví a coincidir con él salvo un breve pero entrañable encuentro en la
recepción del Hotel Reina Victoria de Ronda, hace un par de años, en que yo iba con
mucha prisa – trabajo, Goyesca – pero en que le dio tiempo a preguntarme por la
familia, contarme que su padre había fallecido hacía algunos años y dejarme
fotocopiado un artículo elogiando su figura que él mismo había escrito para un
periódico local.
Hace unos días, su nombre saltó a los medios nacionales
porque había decidido ceder desinteresadamente a una familia rondeña desahuciada
el inmueble, ahora vacío desde su modesta prejubilación, donde estaba situada la librería. En estos tiempos de corrupciones y pérdidas tan preocupantes de
referencias, actitudes como la suya sin duda que nos vuelven a reconciliar con
el ser humano.
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| Antonio el "Desnu" con uno de los integrantes de la familia desahuciada a quien ha cedido su local |
Antonio Jiménez, conocido por todos como el Desnu desde
que en su dura infancia alguien decidiera llamarlo así por su figura frágil y desnutrida, entendió desde muy pronto que a
veces es más importante llenar el alma
que el estómago; aunque esto lo debieron ignorar quienes así lo apodaron porque
si no quizá, en vez de como Antonio el Desnu, habría pasado a la posteridad
como Antonio el Gordo (de espíritu).
*Programa Gente de TVE en cuyo minuto 42 empieza el reportaje que le hicieron a Antonio el "Desnu" por su admirable gesto.


