lunes, 27 de mayo de 2013

Cuéntame

Cuando Cuéntame comenzó a emitirse, allá por 2001, éramos un país aparentemente próspero con unos índices de desarrollo superiores a la media europea y orgullosos de una transición a la democracia que era puesta de ejemplo y estudiada en las Universidades más prestigiosas de Occidente. Las imágenes de la familia Alcántara y su humilde barrio de San Genaro lleno de inmigrantes provincianos en medio de un entorno gris, austero, de recato y sumisión al poder establecido y a la Iglesia, se nos antojaban superadas en el tiempo y el verlas nos hacía sentir bien con nosotros mismos y con la evolución que el país, en tan “pocos años”, había experimentado.  Seguramente que esa  tarea de enfrentarnos cada jueves a una vieja y marchita fotografía con nuestro rostro en que el peinado actual salía a todas luces ganando con respecto al de aquella época, tuvo que ver en el éxito tan brutal de la serie en sus inicios.


Pero hubo un momento en que el globo explotó, las certidumbres saltaron por los aires y todo lo que creíamos sólido, se desmoronó. La España actual firmó un pacto tácito con la del pasado y, como si de dos países vecinos aislados durante años se tratase, decidieron construir un túnel del tiempo que los volviese a unir. La España de Cuéntame, seguía cavando hacia el futuro, la actual, comenzó a hacerlo con celeridad hacia el pasado: crisis, contratos precarios, recortes en educación, privatización de la sanidad, retroceso en la ley del aborto, enseñanza católica obligatoria… con la idea no declarada de juntarse en algún punto intermedio de la historia.

El jueves pasado, viendo el último capítulo de la temporada de este ya clásico de la televisión, escribí un comentario banal en una red social sobre lo que le estaba sucediendo a uno de los personajes. Al momento me contestó una amiga sorprendida de que la serie todavía siguiera en antena. Me extrañó su respuesta así que decidí preguntarle que dónde se encontraba para no saberlo: "En Colonia, esto es muy bonito y la gente es muy agradable pero no es Andalucía, no tapitas, no terrazas con amigos, no risas hasta las 3 de la madrugada... pero hemos venido a trabajar que es lo que no se puede en España... aunque sin el idioma no encuentras nada [ ] Ya vamos hablando algo. Estamos deseando volver y apenas hemos llegado... Pablo, como es médico, necesita el B 2 y yo para trabajar en Psicomotricidad infantil también... Es bastante complicado, pero se supone que en Octubre tenemos el B 2, no es tan fácil como antes [ ] Aquí hace mucho frío... los que podáis resistid... ¡mejor allí!". 


Le deseé suerte y cerré el ordenador. Y mientras me lavaba los dientes antes de meterme en la cama, me asaltó la duda de si realmente habría estado hablando con mi amiga Carolina de Linares o tal vez con algún personaje de Cuéntame salido del túnel de tiempo...


Para Carolina y su chico por el futuro, por el regreso, por la valentía de hacer las maletas...por inspirarme este post.

jueves, 23 de mayo de 2013

Videla


Los artículos sobre su muerte le sorprendieron el sábado mientras regresaba a Madrid en un día gris y frío. Fotos y nombres del pasado emergían del túnel del tiempo golpeando sus pupilas con la misma furia con que la lluvia golpeaba los ventanales del tren. En su memoria sacudida, dos imágenes nítidas de aquel hombre.

Jorge Rafael Videla

En la primera, se pasea por las atestadas calles de su niñez saludando sonriente desde el asiento trasero de un coche. El ruido ensordecedor  de los aviones de combate contamina el aire desde muy temprano y sus mayores, mimetizados con el ambiente, algo que se le hace difícil de explicar hoy en día, agitan pequeñas banderas celestes y blancas a su paso.

En la segunda,  entrega orgulloso la copa del mundo de fútbol a un Passarella muy joven ante la atenta mirada de Ardiles, Kempes, Tarantini y el resto del equipo nacional.

Videla entrega la copa a Passarella, capitán de la selección argentina

En ambas imágenes, hace frío. En ambas, el fervor de las masas. En ambas, el celeste y blanco lo impregna todo. En ambas, él es un niño feliz que no ve más allá de lo que ven sus ojos.

Luego hay otros recuerdos más sórdidos, distorsionados sin duda por el paso del tiempo, que él sólo al crecer supo comprender que estaban relacionados con aquel hombre: un registro policial en una casa a medianoche,  una visita a unos parientes lejanos un fin de semana  que alguien sopló  que podía ser “de riesgo” en el pueblo,  un viaje de su madre a Córdoba en pleno mundial y una mudanza  a España por un tiempo “para conocer Europa y la nieve” - versión infantil -, “hasta que la situación se calme” – versión adulta.


Quiso la casualidad que ese mismo sábado, treinta y cinco años después de todo aquello, hubiera quedado brevemente con su primo A., con quien tanto jugó de pequeño en su Salta natal y que desde hace un tiempo vive en Barcelona. Él le habló de los cambios en su  vida, A. de los suyos, del nacimiento hace unos meses de su hija C., de lo que le gustaba su nueva ciudad, de su trabajo en el mundo del cine… hicieron propósito de verse pronto y se abrazaron antes de despedirse. Te veo bien, le dijo él a su primo mientras se alejaba. Por cierto, ¿Viste ayer la final de la Copa?  A. se dio la vuelta y sonrió. Uno de River, otro de Boca. Ayer fue un buen día, primo. ¿Por qué? Porque ganó el Atleti y murió Videla.

Te quiero. Yo también. En breve voy a conocer a C. Te espero. Chau. Chau.

"Sí, sí señores, soy argentino / sí, sí señores, de corazón / .../ porque Argentina mostró al mundo / que en nuestro pueblo se vive en libertad"